Alguna vez nevó en Buenos Aires

Estábamos ahí. Eramos testigos de lo increíble. Jamás habíamos pensado que algo así podría ocurrir en el lugar en el que vivíamos. Sin embargo, todos los detalles nos señalaban que no estábamos soñando…
Hace mucho, mucho tiempo, nuestros abuelos lo habían experimentado. Alguna vez, en esas aburridas fiestas de invierno, mi abuela solia comentar el pasado, para nosotros, tan lejano. Cuando ella empezaba, nos mirábamos por arriba de las copas y sonreíamos cómplices. Sabíamos lo que seguía.
-Otra vez llegan retazos de recuerdos, mezclados con el vino y con la imaginación- pensábamos.
Pero ella continuaba ajena a las miradas, porque entonces las palabras brotaban sin dificultad. Hasta que cambiábamos de tema y volvía el futbol del domingo; la salida de la noche anterior…
Esta vez fue diferente. Habían pasado varios años, nuestros abuelos habían muerto dejando el vacío que suelen dejar los abuelos cuando mueren. Sólo nosotros mirabamos las luces del exterior presintiendo que lo peor iba a llegar. Inexorablemente. Nada podríamos hacer para detenerlos.
Afuera, los chicos jugaban, ajenos a todo. Los grandes que parecían chicos, también jugaban. Hasta fabricaban muñecos y reían como idiotas.
Nosotros atinamos a mirarnos. Ahora en los ojos había miedo. En realidad, estábamos aterrados.
Ellos habían vuelto, esta vez para quedarse.
La abuela tenía razón.
 
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